El anuncio del Gobierno de Canarias de instalar una central eléctrica flotante en el Puerto de Las Palmas, como solución de emergencia ante el riesgo de apagones en Gran Canaria, ha levantado una tormenta política, técnica y portuaria de grandes proporciones. Lo que se presenta como un parche temporal para garantizar el suministro energético de la isla puede acabar convirtiéndose en un símbolo de improvisación y falta de planificación estructural en la política energética del Archipiélago.
Según se ha filtrado, la iniciativa contempla el atraque de un buque generador con capacidad para aportar unos 100 megavatios, suministrando energía directamente a la red insular. La medida responde al reconocimiento del propio Ejecutivo canario de que el sistema energético de Gran Canaria se encuentra al límite, con centrales envejecidas, falta de repuestos y riesgo real de colapso. Pero lo que para algunos es una decisión “de emergencia”, para otros constituye un salto al vacío cargado de interrogantes.
Del gas a la flotación: un cambio de rumbo sin brújula
Hace apenas unos días conocíamos el rechazo definitivo a la planta de gas en el Puerto de Las Palmas. Hoy, sin terminar de digerir aquel debate ambiental, urbanístico y portuario, el Gobierno vira hacia una central flotante sin estudios previos conocidos, sin información pública clara sobre su combustible, impacto o duración. ¿Gasóleo? ¿Gas natural? ¿Qué medidas se adoptarán para mitigar el impacto ambiental y acústico? ¿Y cuál será el protocolo de seguridad dentro de una dársena ya saturada de tráfico industrial, bunkering y reparaciones navales?
En los muelles hay perplejidad. La Autoridad Portuaria de Las Palmas no ha recibido aún detalles técnicos, y las patronales portuarias —que han expresado su preocupación por el precedente que supondría usar el puerto como plataforma energética de emergencia— exigen transparencia. Nadie discute la necesidad de reforzar el sistema eléctrico, pero sí la forma en que se está actuando: a golpe de improvisación, sin un plan de transición energética definido y sin escuchar a los agentes que sostienen la economía portuaria.
El riesgo de convertir el puerto en un comodín
Los puertos no son terreno de ensayo para políticas energéticas improvisadas. Convertir el Puerto de Las Palmas en un “laboratorio flotante” de emergencia puede comprometer su seguridad, su imagen internacional y su desarrollo futuro. No olvidemos que este puerto es hoy un hub energético de referencia en el Atlántico Medio: un nodo vital para el suministro a buques, para la industria offshore y para el tráfico entre tres continentes.
Incorporar una planta flotante, con emisiones y riesgos asociados, podría afectar su competitividad y generar conflictos de uso con concesionarios y operadores logísticos.
Si la crisis energética ha llegado a este punto, no es por un evento imprevisto, sino por años de retrasos en la modernización de las centrales térmicas, por la parálisis en la implantación de renovables y por la falta de una hoja de ruta coherente. La “emergencia” que ahora se invoca es el resultado de una política energética que ha vivido de prórrogas y parches.
El buque generador, previsto para atracar “en las próximas semanas”, según medios locales, podría estar operativo antes de que acabe el año. Pero su llegada no despejará las dudas: ¿cuánto costará su operación diaria?, ¿quién asumirá el combustible?, ¿qué garantías existen de que no se cronifique la “solución temporal”?
Si la historia reciente nos enseña algo, es que en Canarias las soluciones temporales tienden a quedarse ancladas.
El puerto necesita visión, no improvisación
El Puerto de Las Palmas ha demostrado sobradamente su capacidad para convivir con la industria energética y con la innovación. Pero también necesita planificación, respeto institucional y coherencia. La energía, la sostenibilidad y la competitividad portuaria no pueden abordarse como piezas separadas de un puzzle político.
La central flotante puede evitar un apagón, sí. Pero si no va acompañada de una estrategia integral y transparente, se convertirá en la metáfora perfecta de una política que llega siempre tarde y mal: cuando el barco ya ha zarpado.





