El bombardeo de Iran afecta también al sector marítimo, con buques atacados en ese estrecho y navieras que cambian de ruta.
El cierre del Estrecho de Ormuz ha vuelto a colocar al transporte marítimo mundial en el epicentro de la geopolítica. El paso, que conecta el Golfo Pérsico con el océano Índico y por el que transita cerca de un 20% del comercio mundial de petróleo y una parte sustancial del gas natural licuado (GNL), se ha convertido en zona de alto riesgo tras una sucesión de ataques y sabotajes contra buques mercantes.
La consecuencia inmediata ha sido doble: buques dañados o retenidos en la zona y un número creciente de navieras que han decidido no navegar por Ormuz, optando por desvíos mucho más largos y costosos.
El Estrecho de Ormuz es el corredor marítimo más estratégico del planeta. El bloqueo pone en jaque la estabilidad financiera internacional debido a que es la ruta de salida obligada para el crudo de Arabia Saudita, Irak y los Emiratos Árabes Unidos, que se calcula en 20 millones de barriles diarios. Por otro lado, parece más que probable, según diversos analistas, que se produzca un aumento histórico en el precio del barril de petróleo si la restricción de navegación se mantiene de forma efectiva.
Buques atacados: del sabotaje selectivo al riesgo sistémico
En estos días, varios petroleros y buques portacontenedores han sufrido incidentes en el entorno del estrecho. Se han confirmado impactos de misiles en tres buques mercantes, aunque el centro de Operaciones de Comercio Marítimo del Reino Unido (UKMTO) informa de la menos de 4 incidentes, tres de ellos con impactos de misiles en los buques.
Además, se calcula que más de un centenar buques petroleros permanecen frenados o desviando sus rutas ante la falta de seguridad y los ataques registrados en las puertas del Golfo.
Aunque no todos los ataques han provocado vertidos o pérdidas humanas, el efecto psicológico y asegurador ha sido inmediato. Las primas de guerra se han disparado y algunas aseguradoras han exigido recargos adicionales o directamente han restringido cobertura para escalas en puertos del Golfo.
El resultado es un escenario de riesgo sistémico: incluso sin un bloqueo físico permanente, la percepción de inseguridad equivale en la práctica a un cierre operativo.
Las navieras evitan Ormuz
Las grandes navieras y operadores energéticos no han tardado en reaccionar. Entre las decisiones adoptadas destaca el desvío de petroleros hacia rutas alternativas cuando es viable, retrasando cargas desde terminales del Golfo; la suspensión temporal de escalas en determinados puertos; y la reprogramación de servicios feeder y líneas de contenedores con impacto en hubs regionales.
Grupos como Maersk, MSC o CMA CGM han reforzado protocolos de seguridad y, en determinados casos, optado por limitar tránsito hasta contar con escolta naval o garantías adicionales, llegando incluso a suspender las rutas que transitan por Ormuz. Por su parte, gigantes energéticos como BP y Shell han evaluado retrasar o redirigir cargamentos.
El desvío más evidente es rodear África por el Cabo de Buena Esperanza. En el mercado de contenedores, este tipo de desvíos tensiona la disponibilidad de tonelaje y puede trasladarse rápidamente a las tarifas spot.
Pero el impacto más directo e inmediato es la repercusión directa en el precio del crudo y del GNL. A ello se suman los costes logísticos globales: primas de seguro, fletes más altos y mayores tiempos de tránsito.
En Europa, la preocupación es evidente. Una parte relevante del suministro energético procede del Golfo. La tensión en Ormuz se suma a un contexto ya frágil tras los desvíos previos en el mar Rojo.
El Estrecho de Ormuz vuelve a demostrar su condición de cuello de botella estratégico del comercio global. No se trata solo de petróleo; fertilizantes, productos petroquímicos, contenedores y carga general dependen de este paso.
El transporte marítimo, acostumbrado a navegar entre crisis geopolíticas, vuelve a ser el termómetro de la tensión internacional. Y Ormuz, una vez más, confirma que la estabilidad de un corredor de apenas 33 kilómetros de ancho puede condicionar la economía mundial.






