El estrecho de Ormuz no es solo una coordenada geográfica en el mapa; es un punto cardinal para la economía global. Tener Ormuz cerrado a la navegación resulta todo un drama para la logística internacional. Recordemos que el conflicto bélico, bajo tregua, es decisión unilateral de DJT, bajo el comando de Netanyahu… o eso dicen las malas lenguas.
La verdad que resulta complicado precisar el impacto real sobre las cadenas de suministro globales, pero queda claro que los buques atrapados llevan meses dando vueltas sin rumbo establecido. Todo un problema, sobre todo, para el cargador que tenga contenedores llenos en esos buques. Para las navieras, el colapso de equipo vacío esperando a ser trasladado a Asia o IPBC, fastidia cuanto menos, las operativas de flujo de equipos. El efecto embudo en el negocio contenerizado es evidente.
La carga aérea tampoco se libra de los perniciosos efectos del bloqueo de Ormuz, dado que el riesgo de guerra complica las operativas de importantes hubs como Emiratos Árabes, Qatar o Arabia Saudita.

Más valen imágenes que mil palabras.
La crisis de Ormuz ha demostrado la fragilidad de nuestro sistema just-in-time global. Mientras la política sigue en sus tejemanejes de guerra y bloqueos, el sector logístico debe dejar de esperar una reapertura inmediata y empezar a rediseñar la resiliencia de su arquitectura operativa. Si no aprendemos que la logística es un activo estratégico, no hemos aprendido nada de los cisnes negros que últimamente hemos padecido.
Tempo al tempo, veremos cómo moveremos las cargas de una manera u otra. La Logística siempre pervive, es un mal necesario de cualquier civilización y la actual no es la excepción.








