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Tocado y hundido

La amenaza flotante: el peligro de los contenedores caídos al mar

Cada año, en promedio, más de un millar de contenedores caen por la borda de los buques portacontenedores y desaparecen en el océano. Estos gigantes de acero, cargados de mercancías que van desde juguetes y electrónicos hasta químicos industriales, se convierten de pronto en chatarra flotante

Antonio Rodríguez
Última actualización: 05-14-2025
Por Antonio Rodríguez CEO de Infopuertos
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17 Minutos de lectura
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Contenedores - caida - Rena- MSC
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El problema no solo supone millones en bienes perdidos, sino que crea obstáculos invisibles para la navegación y derrama contaminación en las aguas. ¿Cuántos contenedores se pierden realmente, qué riesgos conllevan y qué se está haciendo para frenar esta silenciosa marea de acero y plástico?

A pesar del enorme volumen de contenedores en circulación (unos 250 millones de movimientos anuales), la pérdida de contenedores en alta mar es relativamente infrecuente en términos porcentuales. En 2022 se reportó la caída de 661 contenedores a nivel mundial – apenas un 0,00048% del tráfico total. Esta fue la cifra más baja registrada desde que se tienen datos sistemáticos (2008), marcando una mejora notable respecto a años anteriores. De hecho, 2023 cerró con un mínimo histórico de solo 221 contenedores perdidos en todo el mundo, una drástica reducción lograda en parte gracias a mayores precauciones de la industria.

Sin embargo, en períodos pasados las cifras fueron más altas. Si se considera la serie histórica completa, se estima que el promedio anual ronda los 1.500 contenedores perdidos por año, con picos en ciertos años debido a accidentes catastróficos. Sumando la última década y media, más de 20.000 contenedores han acabado en el mar, convirtiendo al océano en un cementerio involuntario de carga. Europa no es ajena al problema: aunque muchas pérdidas ocurren en rutas transpacíficas, las aguas europeas también han sido escenario de incidentes significativos que han puesto el tema en la mira de las autoridades regionales.

Incidentes notables de contenedores caídos al mar

La fotografía aérea muestra la devastación en la cubierta del buque portacontenedores ONE Apus tras una tormenta en el Pacífico en noviembre de 2020. Decenas de contenedores quedaron aplastados o colgando por la borda después del temporal.

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Hamburg
Internacional

Hamburg Seeks Clarity on Federal Port Funding

Al information in: https://financialports.com/hamburg-seeks-clarity-on-federal-port-funding/

Ofrecido por Financial PortsFinancial Ports
Foto: Euronews.

En este incidente, el navío perdió más de 1.800 contenedores de una sola vez, convirtiéndose en uno de los peores episodios de pérdida de carga registrados. Tan solo dos meses después, a inicios de 2021, otra embarcación, el Maersk Essen, sufrió un golpe de mar en ruta hacia Los Ángeles y dejó caer unos 750 contenedores en el océano. Estos eventos, concentrados en un corto periodo, casi duplicaron en pocas semanas el promedio anual típico de pérdidas, encendiendo las alarmas en el sector naviero.

A lo largo de los años, varios desastres han resaltado la vulnerabilidad del transporte marítimo ante condiciones extremas. En 2013, el buque MOL Comfort se partió en dos durante una tormenta en el océano Índico, enviando 4.293 contenedores al fondo del mar. Asimismo, el naufragio del MV Rena frente a Nueva Zelanda en 2011 resultó en la pérdida de cerca de 900 contenedores. Otro caso trágico fue el hundimiento del SS El Faro en medio de un huracán en 2015: además de cobrarse 33 vidas, el desastre supuso la desaparición de 517 contenedores cargados de mercancía. Cada uno de estos incidentes extremos contribuyó de forma notable a las estadísticas globales de pérdidas y sirvió para evidenciar puntos débiles en la seguridad de la carga.

Europa ha tenido sus propios siniestros destacados. En enero de 2019, el MSC Zoe, uno de los portacontenedores más grandes del mundo, enfrentó un fuerte temporal en el Mar del Norte y perdió 270 contenedores en aguas poco profundas entre los Países Bajos y Alemania. El contenido de muchos de esos contenedores –que incluía desde juguetes hasta productos químicos– terminó esparcido en las playas del Mar de Frisia, causando un costoso operativo de limpieza ambiental. Más recientemente, en diciembre de 2023, el buque Toconao (de bandera liberiana) sufrió la pérdida de seis contenedores frente a las costas de la península ibérica. Uno de ellos transportaba 25 toneladas de pélets de plástico (granza industrial), que pocos días después aparecieron como una “marea blanca” de diminutas bolitas en las playas de Galicia. Este último incidente puso de relieve que incluso pérdidas numéricamente pequeñas pueden tener un gran impacto ambiental y mediático, y ha motivado nuevas discusiones sobre la seguridad de la carga en Europa.

Resto de MSC Zoe en las playas.

Riesgos para la navegación marítima

Aunque en comparación con los millones de contenedores transportados las pérdidas son escasas, cada contenedor perdido supone un peligro latente para la navegación. Muchos de estos contenedores no se hunden inmediatamente; pueden permanecer a la deriva, parcialmente sumergidos, durante días o semanas antes de ir al fondo. Mientras flotan, se convierten en obstáculos casi invisibles, especialmente de noche o con mala mar, capaces de provocar colisiones inesperadas. Un contenedor metálico de 12 metros, incluso semi-hundido, puede dañar seriamente el casco o la hélice de un buque que lo golpee a buena velocidad. Para las embarcaciones menores, como pesqueros artesanales o veleros de recreo, el choque con uno de estos “icebergs de acero” es potencialmente catastrófico.

Las evidencias de este riesgo han ido en aumento. El organismo deportivo World Sailing (federación internacional de vela) ha documentado al menos ocho casos en los que tripulaciones de veleros tuvieron que abandonar sus embarcaciones tras colisionar con lo que se cree que eran contenedores flotantes. En 2016, por ejemplo, el navegante francés Thomas Ruyant vio cómo el casco de su yate de regata alrededor del mundo se abría tras un impacto seco en medio del océano, probablemente contra un contenedor a la deriva. “Me dan escalofríos solo de pensarlo”, relató entonces Ruyant, quien por suerte logró ser rescatado. Estos accidentes, aunque infrecuentes, resaltan que un solo contenedor perdido puede poner en jaque la seguridad de la vida en el mar.

Además del peligro de colisión, los contenedores que caen pueden liberar partes estructurales (pedazos de metal, madera de tarimas, embalajes) que también flotan y suponen riesgos menores pero difundidos, como objetos navegantes no identificados. Por todo ello, los servicios de guardacostas en distintos países emiten avisos a la navegación cuando se notifica la caída de contenedores en una zona, alertando a los barcos para extremar la vigilancia. Sin embargo, detectar un contenedor a la deriva en el vasto océano es como buscar una aguja en un pajar, y en muchos casos estos terminan hundiéndose sin ser localizados.

Impacto medioambiental en los océanos

Cuando un contenedor se pierde, no solo preocupa a los armadores y marinos, sino también a científicos y ecologistas. Cada contenedor extraviado es una potencial bomba de contaminación para el entorno marino. Su variado contenido –alimentos, textiles, plásticos, químicos, etc.– puede ser liberado lentamente al mar, ya sea por la rotura del contenedor al caer o con el tiempo, a medida que la estructura se corroe bajo el agua. Miles de productos acaban así dispersos en el océano: muchos flotan hasta alcanzar costas lejanas, otros se hunden y terminan depositados en el lecho marino. Se han documentado casos de juguetes, zapatillas e incluso televisores apareciendo de repente en playas remotas, arrastrados por corrientes tras la caída de contenedores.

En la imagen se observan pequeños pélets de plástico (gránulos de resina) sobre la arena, similares a los que llegaron a las costas gallegas tras la pérdida de un contenedor en 2023. Estos diminutos pellets, materia prima para fabricar plásticos, ilustran el problema de la contaminación por microplásticos derivada de los contenedores perdidos. Un solo contenedor puede contener millones de estas bolitas: al esparcirse en el mar, son prácticamente imposibles de limpiar por completo. Muchos animales marinos las confunden con alimento y las ingieren, con consecuencias fatales. Tras el vertido masivo de pélets en Sri Lanka en 2021 (a raíz del incendio y hundimiento de otro buque portacontenedores), se hallaron más de 400 tortugas marinas muertas, junto a decenas de delfines y ballenas, con sus estómagos atascados de plástico. Los expertos describieron aquella escena como “una zona de guerra” ecológica.

Foto: Greenpeace.

Incluso cuando el contenido de un contenedor perdido no se clasifica formalmente como mercancía peligrosa, puede provocar daños severos al medio ambiente. Bienes aparentemente inocuos en tierra firme –por ejemplo, toneladas de juguetes de plástico, sacos de arroz, colchones de espuma– se convierten en basura marina al quedar a la deriva. Al fragmentarse por la acción de las olas y el sol, muchos de esos materiales generan microplásticos y residuos que entran en la cadena alimentaria marina. En otros casos, los contenedores transportan sustancias tóxicas o corrosivas (pinturas, baterías, pesticidas) que, liberadas al mar, envenenan el agua y los sedimentos. Las pérdidas también pueden dañar hábitats sensibles: imaginemos un contenedor lleno de maquinaria cayendo sobre un arrecife de coral, o un cargamento de granos pudriéndose en un ecosistema cerrado y alterando la química del agua. Los biólogos marinos señalan que incluso el propio contenedor metálico, al hundirse intacto, altera el micro-ecosistema del fondo donde se posa, afectando a las especies que allí viven. En resumen, cada contenedor perdido conlleva una huella ecológica potencialmente grave, a veces localizada (una playa contaminada) y otras global (más plástico sumándose al giro oceánico de basura).

Medidas de prevención y mitigación: industria y autoridades en acción

Preocupadas por estas amenazas, las compañías navieras y organismos internacionales han implementado diversas medidas para prevenir la caída de contenedores y mitigar sus efectos. En los últimos años, la industria naviera ha invertido en mejoras tecnológicas y operativas para reforzar la seguridad de la carga. Por ejemplo, se está investigando cómo aumentar la resistencia estructural de los contenedores y de los aparejos de amarre (cables, tensores, bloqueos) que los sujetan a la cubierta. También se trabajan mejoras en los procedimientos de estiba: asegurar que los contenedores más pesados vayan abajo y centrados, y los ligeros arriba, equilibrando correctamente el barco. El correcto declarado del peso de cada contenedor (obligatorio desde 2016) juega un papel crucial para evitar apilamientos inestables. Asimismo, se desarrollan sistemas de monitoreo a bordo: algunos buques ya cuentan con sensores que alertan de movimientos anómalos de la carga o deformaciones en las pilas de contenedores, dando oportunidad de reaccionar antes de que ocurra un colapso.

En paralelo, navieras y capitanes aplican mejores prácticas de navegación y planificación de rutas para esquivar climas adversos. Los pronósticos meteorológicos avanzados permiten trazar rutas que evitan las peores tormentas, aunque ello implique desvíos y más días de viaje. Después de los sonados accidentes de 2020-21 en el Pacífico, muchas empresas reforzaron las directrices de sus flotas para reducir velocidad o cambiar de rumbo ante oleajes extremos, en lugar de mantener curso y velocidad a toda costa. En Europa, tras el incidente del MSC Zoe, las autoridades marítimas instaron a los megabuques portacontenedores a evitar ciertas rutas de aguas poco profundas en el Mar del Norte durante temporales intensos. De hecho, la naviera MSC anunció que dejaría de usar la ruta cercana a las islas Frisias bajo mal tiempo, optando por trayectos más seguros aunque sean más largos. Esta clase de ajustes operativos busca minimizar el riesgo de que la carga se vea comprometida por condiciones oceánicas adversas.

A partir de 2026, los capitanes estarán obligados a notificar inmediatamente la pérdida de contenedores a las autoridades de los países costeros cercanos al incidente, así como al Estado de pabellón del buque.

En el frente regulatorio, también hay novedades importantes. La Organización Marítima Internacional (OMI) aprobó en 2023 una serie de enmiendas para reforzar la transparencia y respuesta ante contenedores perdidos. A partir de 2026, los capitanes estarán obligados a notificar inmediatamente la pérdida de contenedores a las autoridades de los países costeros cercanos al incidente, así como al Estado de pabellón del buque. Esto busca asegurar que se emitan alertas de navegación y se coordinen esfuerzos de localización o recuperación de la carga caída. (Hasta ahora, en aguas internacionales solo era obligatorio informar si el contenedor perdido llevaba mercancías clasificadas como peligrosas; en caso contrario, la notificación quedaba a discreción del naviero. La Unión Europea, por su parte, ya exige que se informe a los estados miembros cuando un contenedor cae en sus aguas jurisdiccionales. No obstante, la ausencia de un mecanismo sancionador estricto hace temer que algunas pérdidas menores sigan sin reportarse, por lo que la OMI y las autoridades nacionales tendrán que vigilar el cumplimiento real de estas normas.

Finalmente, tanto navieras como aseguradoras están incursionando en planes de contingencia y recuperación. Cuando los contenedores caen cerca de la costa, se organizan operativos para recuperarlos o al menos retirar los restos. Por ejemplo, MSC costeó una extensa operación de búsqueda y limpieza tras el accidente del MSC Zoe, comprometiéndose a retirar todos los contenedores y desechos posibles del fondo marino. En el caso del buque Toconao, las autoridades españolas y portuguesas coordinaron la recogida de los pellets de plástico en playas y alta mar, con apoyo de voluntarios, para mitigar el daño. Asimismo, se están discutiendo medidas como el uso de dispositivos de flotación o rastreo en ciertos contenedores (que faciliten su localización si caen) y el desarrollo de estándares de construcción que permitan hundimientos más controlados (por ejemplo, contenedores que colapsen de forma que su contenido quede confinado).

En conclusión, si bien la pérdida de contenedores representa una fracción minúscula del comercio marítimo global, sus efectos desproporcionados en la seguridad y el medio ambiente la han convertido en un tema prioritario. La combinación de tecnología, buenas prácticas y regulaciones más exigentes parece estar dando frutos, como refleja la drástica caída en el número de contenedores perdidos reportados en 2022 y 2023. Pero tanto la industria naviera como las autoridades coinciden en que no hay espacio para la complacencia: cada contenedor que se precipita al océano es demasiado, y seguir trabajando para que estos incidentes sean cada vez más raros es una tarea permanente. Los océanos, y todos quienes dependen de ellos, lo exigen.

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