Vamos a filosofar un poco y vamos a poner en unas líneas situaciones y aspectos cotidianos que no tienen protagonistas pero que puede servir como una reflexión y ‘a buen entendedor, pocas palabras faltan’.*
Hablemos de un agricultor al que le dejan una finca, 6 hectáreas, pero con mucha importancia para el entorno en el que se ha especializado. Él ya conoce el terreno y sabe está abonado e incluso, antes de hacerse cargo, sabe que hay árboles que no dan frutos y que, además, no dejan que el resto de los frutales den el 100% de la producción. Lo sabe, es consciente y llega con ganas de hacer que la finca sea totalmente productiva.
Pasa el tiempo y el agricultor ve como su idea primigenia no va a ser tan fácil y drástica como pensaba y es que esos frutales enfermos, que no producen como debieran, son más fuertes que los que están alrededor y merman la capacidad de que las ramas se le llenen de esa fruta que luego podría generar beneficios para él y para los que de esa finca dependen.
El agricultor, se ahoga en problemas, se arruga y no sabe cómo atajar el flujo de esas ramas que van ganado terreno, y que de esas ideas y bocetos que traía en su libreta, poco puede hacer, porque los frutales ‘enfermos’ pueden más que el fosfato que trajo en sus alforjas.
Pasa el tiempo y los medianeros, los que hacen las compotas y mermeladas y aquellos que viven de los frutales, pero que al mismo tiempo sirven de abono a esa finca, en definitiva, aquellos que se vincularon al entorno, que confiaron en el nuevo arrendado y que fuese capaz de ponerla en producción sin árboles enquistados, ven como todo sigue igual.
Que la finca y los árboles que no dan frutos resisten el abono y, al contario, cada día son más fuertes y siguen sin dejar que la finca produzca.
El agricultor, pese a que se autoconvence de que la cosa marcha, que con poner riego por aspersión y con sulfatar con drones, todo está controlado, ya los medianeros le aplican el refrán ‘no hay peor ciego que el que no quiere ver’.
Y es que en lugar de ir con el fosfato a la espalda y atacar directamente las ramas podridas e, incluso, ir con la motosierra y cortar de raíz esos árboles, sigue hablándoles cordialmente, poniéndoles música zen y esperando que por sí mismos deriven a la ‘sintonía’ de la buena productividad. Pero esos frutales, ya enquistados y en sus parcelas, cada vez tienen más raíces y no dejan que la producción sea la que la finca puede ofrecer.
Los que están en el entorno del agricultor, esos comerciantes, productores de miel, de dulces, mercancías y derivados de esos frutales, esos que, a fin de cuenta también revertían en que el agricultor recibiese buenas nuevas y hasta la posibilidad de nuevos clientes, están tirando la toalla. Ya no creen en él.
Esas gentes que confiaban, ya han perdido la esperanza. Han visto como esa nueva oportunidad de ver una finca en producción, es más de lo mismo. Las ramas y los árboles ‘tocados’ no permiten que nada cambie y este pobre agricultor, lleno de buena voluntad está, incluso, cogiendo miedo a que esos árboles puedan hacerse con toda la finca y cada vez que intenta regar, las ramas podridas caen sobre la manguera y la pican. Y él no hace nada. Ya ni las repara. Esos árboles son los que, una vez más, ‘gobiernan’ la finca.
No hay moraleja, sino realidad.
El grupo de árboles productivos, pues ya se han vuelto a acomodar y, en lugar de dar 20 cestos de frutas, te doy 5. “Total, no me vas a decir nada”. Y los comerciantes y empresas que iban a invertir en tú finca y apoyar las iniciativas que traías en la libreta, pues se han ido a la cooperativa de al lado y con el enfado porque ‘me han vuelto a engañar’.
Ahora, señor agricultor, cuando te digan que tuviste una oportunidad y dar producción, empleo y capacidad de gestión y que la has perdido por no ponerte con la retroescavadora a arrancar de raíz esos frutales podridos para así dar entrada a nuevas cepas, que te arrugaste, no te quejes cuando veas que los operarios te sitúan como OTRO agricultor, pero porque no has sido EL agricultor.
La esperanza es lo último que se pierde y algunos medianeros todavía se resisten a cambiar de cooperativa, pero piden un arado en condiciones, abonos, sulfitos, sulfatos y nuevos capataces.
Y al final, si ves que tienes que poner el cartel de ‘se traspasa’, recordar que ‘el que elige el mal por su gusto… al infierno a quejarse’.
*Aplicable a cualquier situación empresarial/económica de las islas






