Históricamente, China, el país de en medio, ha sido un imperio de por sí. Tras La Caída del Muro, se tornó en un país industrializado a más no poder, hasta convertirse en este segundo milenio, en la fábrica del mundo. Hubo un momento en el que era, poco probable, encontrar un producto industrial que no hubiera sido fabricado o ensamblado en China. De ahí a Lehmann Brothers, y a la actualidad.
China pasó de ser una economía agrícola, a ser la segunda potencia mundial en pocas décadas bajo la mano del Partido Comunista Central. Liderado por Xi, el gobierno decidió cambiar el rumbo del crecimiento hacia la construcción y la expansión internacional. La Nueva Ruta de la Seda y sus estratégicas inversiones denotan una planificación importante en los planes quinquenales, cosa de la que pecamos en Occidente hace años. De esta manera, el mercado chino pasó de ser autárquico a uno de los objetivos de cualquier exportador del mundo. Un mercado de 1.200 millones de potenciales consumidores no es moco de pavo. Recuerda esta pluma a John Candy, en una comedia barata de Hollywood, en la cual encarnaba a un productor de perchas que estaba intentando exportar su producto norteamericano a China: “si cada uno de los 1.200 millones de chinos comprase una percha, ¿se imagina cuántas perchas vendería?”
Pues lo que era el oro y el moro, ahora ya no es oro todo lo que reluce en ese mercado. Tras la crisis inmobiliaria y cambio en el modelo productivo chino, el consumo se ha transformado. En la actualidad, en plena guerra arancelaria con Estados Unidos, la incerteza lleva al consumidor chino a cerrar el bolsillo y pensarse dos veces antes de comprar lo que sea. Este cambio en la pauta de consumo del chino medio, lleva de cráneo a los exportadores de medio mundo. Por ejemplo, las bodegas que exportan a China, afrontan un mercado saturado de referencias, tanto españolas como internacionales, dado que los productores de todo el globo encontraron su nicho en el mercado chino. El problema es que ahora, el chino medio gasta menos, siendo el vino uno de los caprichos prescindibles, por lo que ha menguando la demanda de manera generalizada y notable.
Ahora hay distribuidores de vino chinos, todopoderosos, que aprietan en precio por botella, apoyo promocional y hasta en compra bajo confirmación final, obligando al exportador a mantener en puerto contenedores, pagaderos de DEM/DET y ocupaciones de espacio portuario. Y ante la necesidad de seguir vendiendo, las bodegas de segunda línea y PYMES no tienen más salida que tragar, o dejar el mercado. Es una guerra de guerrillas, en la que, sin músculo financiero y paciencia, no hay manera de sobrevivir, y en realidad tampoco hay obligación de permanecer. Exportar a pérdidas es irracional, y para regalarles el vino tinto español a los chinos, casi mejor gastarlo en la batalla del vino de Haro, o cocinarlo o tomarlo aquí.
En estos momentos de incerteza comercial, a la espera de las confirmaciones arancelarias de Trump, la carga de exportación a China escasea, y a las navieras les interesa reposicionar equipo a los puertos base de China y Asia en general, por lo que se ofrecen fletes All-in de risa, o sea, que ahora, las navieras financian parte de las exportaciones a China, y puertos base del Far East. Asegurar los cobros es otra historia.








