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Puertos
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viernes, 28 de agosto de 2026 · 19:21 · España ·
Temporales

Puertos españoles en la era del cambio climático: descarbonizar no basta para resistir el próximo temporal

España ha acelerado la electrificación, los combustibles alternativos y la reducción de emisiones en sus puertos, pero la adaptación física al aumento del nivel del mar, el oleaje extremo, el viento y las inundaciones avanza con mayor lentitud. La evaluación climática oficial de España ya califica como «crítico» el riesgo para la operatividad portuaria a mediados de siglo.

puertos españoles

El cambio climático ya no es una amenaza lejana para los puertos españoles. Es un desafío operativo que está aquí, ahora, y que exige respuestas urgentes. Mientras países como Países Bajos o Dinamarca invierten miles de millones en adaptar sus infraestructuras portuarias, España avanza a un ritmo desigual. Somos líderes en tráfico portuario en el Mediterráneo, pero nuestra capacidad para resistir el oleaje extremo, la subida del nivel del mar y los temporales más violentos sigue siendo una asignatura pendiente.

Los datos son claros: el 60% de las infraestructuras portuarias españolas están expuestas a riesgos climáticos severos antes de 2050. Sin embargo, solo una minoría de las autoridades portuarias han incorporado planes concretos de adaptación en sus presupuestos. La pregunta es inevitable: ¿estamos realmente preparados para lo que se nos viene encima?

El próximo gran reto de los puertos no será únicamente emitir menos CO₂

Durante los últimos años buena parte del debate ambiental del sistema portuario español ha girado alrededor de la descarbonización: electrificación de muelles, OPS, combustibles alternativos, autoconsumo renovable, eficiencia energética o reducción de emisiones.

Son actuaciones necesarias. Pero pertenecen fundamentalmente a la mitigación del cambio climático. Hay otro problema diferente y posiblemente mucho más incómodo: cómo seguir funcionando cuando ese cambio climático empieza a modificar las condiciones físicas para las que fueron diseñados los puertos.

Porque un puerto puede ser prácticamente neutro en carbono y, al mismo tiempo, ser vulnerable al rebase de un dique, a la inundación de una explanada, a la pérdida de calado, a un temporal extraordinario o a varias horas de viento por encima de los límites de operación de sus grúas.

Ese es el debate que España empieza ahora a afrontar de una forma mucho más sistemática.

La Evaluación de Riesgos e Impactos derivados del Cambio Climático en España (ERICC-2025), coordinada por el Ministerio para la Transición Ecológica con asistencia científica de IHCantabria, Tecnalia y BC3, identifica expresamente la pérdida de funcionalidad de las infraestructuras portuarias como uno de los riesgos clave del litoral español. Y su diagnóstico merece atención.

Del riesgo «limitado» al riesgo «crítico»

Hoy, según la ERICC, la mayor parte de los puertos conserva márgenes suficientes de operatividad, aunque ya se producen cierres puntuales por temporales, rebase, agitación interior o aterramientos.

Pero la fotografía cambia rápidamente. Para el periodo 2021-2040, el informe considera ya «sustancial» la severidad del impacto. Aparecen con mayor frecuencia episodios capaces de superar los umbrales operativos de los puertos: agitación, rebase, inundación de explanadas, necesidad de dragados extraordinarios y cierres preventivos.

Entre 2041 y 2060, la evaluación eleva la severidad a «crítica». Y la mantiene en ese nivel hacia finales de siglo.

No estamos, por tanto, hablando únicamente de si dentro de setenta años habrá algunos centímetros más de agua delante de un muelle. Hablamos de la posibilidad de que acontecimientos que hoy son excepcionales empiecen a comprometer con mayor frecuencia la explotación ordinaria de terminales e infraestructuras.

El nivel medio del mar alrededor de España ya presenta una tendencia observada de aproximadamente tres milímetros anuales entre 1993 y 2023, según la propia ERICC-2025. A ello se suman oleaje, mareas meteorológicas, viento y subsidencia local, cuya combinación es la que determina realmente el riesgo en cada enclave.

Los puertos más vulnerables: ¿Dónde golpeará primero el clima?

No todos los puertos españoles enfrentan los mismos riesgos, pero hay tres amenazas que afectan a toda la red:

  • Subida del nivel del mar: Puertos como Bahía de Cádiz, Santander y Barcelona son especialmente vulnerables. En Cádiz, por ejemplo, un aumento de 50 centímetros en el nivel del mar —un escenario probable para 2050— podría inundar el 15% de las zonas operativas del puerto.
  • Oleaje extremo y temporales: La costa atlántica, desde A Coruña hasta Huelva, ya registra un incremento del 20% en la frecuencia de olas superiores a 6 metros en la última década. Esto no solo paraliza las operaciones, sino que acelera el deterioro de infraestructuras críticas como diques y muelles.
  • Temperaturas y vientos: El Mediterráneo tampoco se libra. En Valencia, el aumento de las temperaturas del agua está alterando las corrientes marinas, lo que complica las maniobras de atraque en días de vientos fuertes. Un ejemplo reciente lo tenemos en el temporal Gloria (2020), que dejó pérdidas de 12 millones de euros en el puerto de Barcelona solo por daños en infraestructuras. Si un evento similar ocurriera hoy, con el tráfico actual, las pérdidas podrían superar los 30 millones.

Cada puerto tiene su propio problema

Un puerto abierto al Cantábrico no afronta exactamente el mismo escenario que una terminal mediterránea, un puerto situado en un estuario o un gran recinto portuario insular.

Lo verdaderamente importante no es elaborar un ranking simplista de puertos «seguros» y «peligrosos», sino conocer qué activos son vulnerables en cada instalación: diques, muelles, explanadas, terminales, accesos terrestres, redes eléctricas, depósitos, sistemas de drenaje o canales de navegación.

La ERICC recuerda que las infraestructuras de protección fueron dimensionadas conforme a determinadas condiciones de diseño. El incremento del nivel medio del mar modifica el plano sobre el que actúan las mareas y el oleaje, haciendo posible que episodios que anteriormente no comprometían una instalación puedan terminar produciendo rebase o inundación.

Las consecuencias pueden encadenarse: pérdida temporal de operatividad, interrupción de mercancías y pasajeros, daños en instalaciones, afecciones a otras infraestructuras, desabastecimiento, pérdida de productos perecederos o incremento de los costes logísticos.

Es decir: el cambio climático puede entrar por el dique y acabar llegando al supermercado.

Canarias: cuando cerrar un puerto no tiene una alternativa sencilla

El problema adquiere una dimensión particular en Canarias. La ERICC-2025 identifica expresamente a los archipiélagos canario y balear como territorios que concentran infraestructuras críticas —entre ellas puertos, aeropuertos, instalaciones energéticas y desaladoras— en un espacio costero particularmente sensible.

Curiosamente, Canarias no figura en las tablas que cuantifican el número de puertos con riesgo alto o muy alto para 2050. Y eso no significa que el Archipiélago tenga menos riesgo. Significa que esos cálculos se construyeron a partir de inventarios autonómicos comparables disponibles únicamente para cinco comunidades autónomas, una limitación que la propia evaluación advierte expresamente.

En las islas, además, la resiliencia portuaria tiene un valor añadido. Un cierre significativo no siempre puede compensarse desviando la mercancía a una autopista, un ferrocarril o un puerto cercano conectado por tierra.

Las Palmas, Santa Cruz de Tenerife, Arrecife, Puerto del Rosario, Los Cristianos o los puertos de La Palma y La Gomera forman parte de una red logística de la que depende directamente la movilidad y buena parte del abastecimiento del territorio.

Por eso, en Canarias la adaptación climática debería contemplarse no solo como política ambiental o de conservación de infraestructuras, sino como política de seguridad económica y de continuidad del suministro.

Puertos de Tenerife tiene ya actuaciones físicas que demuestran que el problema no es teórico. En Los Cristianos se ejecuta durante 2026 una inversión de 5,3 millones de euros para reforzar el dique exterior, mediante escollera y 400 bloques de hormigón de 30 toneladas, consolidando reparaciones realizadas después de daños provocados por episodios de fuerte oleaje.

Es probablemente la imagen más sencilla de lo que significa adaptarse: preparar hoy una infraestructura para que el próximo temporal no produzca mañana los mismos daños.

España con los deberes a medio hacer

España no parte de cero. El Marco Estratégico del sistema portuario de interés general incorporó entre sus objetivos que el 100% de las autoridades portuarias dispusieran de planes de adaptación en 2025 y alcanzar en 2030 el 100% de los puertos adaptados al cambio climático.

Sin embargo, la ERICC-2025 realizó una observación especialmente significativa: mientras los puertos autonómicos españoles disponían de planificación de adaptación, señalaba que el sistema estatal todavía no contaba con planes de adaptación para sus puertos y que existía un amplio margen para fortalecer la ejecución de medidas.

Puertos del Estado ha acelerado ahora ese proceso. A finales de 2025 adjudicó a IHCantabria, por 650.000 euros, la evaluación preliminar de riesgos climáticos de los 46 puertos de interés general, con una metodología común que permita clasificarlos inicialmente por nivel de riesgo, estimar medidas y costes de adaptación y determinar dónde serán necesarios estudios de mayor resolución.

El trabajo servirá además como base del futuro Observatorio Portuario de Cambio Climático.

Y España dispone para ello de una infraestructura de observación marítima notable: Puertos del Estado opera 15 posiciones de boyas de aguas profundas, 13 posiciones costeras, 41 estaciones de nivel del mar y agitación y una red de radares de alta frecuencia para medir corrientes superficiales. Por tanto, el problema ya no es únicamente disponer de datos. El reto es convertir esos datos en decisiones de inversión.

Valencia, Algeciras, Bilbao: empiezan a aparecer los primeros modelos

Algunas autoridades portuarias están dando pasos concretos.

Valenciaport inició en marzo de 2026 la elaboración de su estrategia de adaptación para València, Sagunto y Gandia. El plan analizará riesgos derivados del oleaje, lluvias intensas, olas de calor y variación del nivel del mar y deberá traducirlos en medidas sobre muelles, diques, terminales, accesos y operativa.

La Bahía de Algeciras trabaja con la Universidad Politécnica de Madrid en su Plan de Gestión de Riesgos y Adaptación al Cambio Climático 2024-2028, incorporando escenarios climáticos a la planificación, explotación, conservación y diseño de las infraestructuras portuarias.

En Bilbao, el proyecto PI-BREAK aplica inteligencia artificial, simulaciones y datos de campo al dique de Punta Lucero para avanzar hacia un mantenimiento predictivo capaz de relacionar temporales actuales con escenarios climáticos futuros y programar las actuaciones antes de alcanzar puntos críticos.

Son aproximaciones diferentes a un mismo problema. Y probablemente esa será la tendencia: abandonar la idea de construir una infraestructura para unas condiciones consideradas inmutables durante cincuenta años y comenzar a gestionar los puertos mediante rutas de adaptación progresivas.

El coste verdaderamente preocupante de un puerto cerrado no está únicamente en reparar hormigón y escollera. Está en los buques que esperan, las terminales que dejan de operar, los camiones que no salen, las industrias que no reciben materia prima y las cadenas logísticas que tienen que buscar alternativas.

Y cuanto mayor sea el puerto, mayor puede ser el efecto dominó.

Descarbonizar no es adaptarse

Esta distinción debe entrar definitivamente en la política portuaria española. Electrificar muelles reduce emisiones. Instalar energía fotovoltaica reduce emisiones. Suministrar combustibles renovables reduce emisiones. Pero ninguna de esas actuaciones garantiza por sí sola que una terminal pueda seguir funcionando después de veinte horas de oleaje extremo o que una explanada continúe operativa cuando coincidan elevación del nivel del mar, marea meteorológica y fuerte precipitación.

Mitigación y adaptación son las dos caras de la política climática, pero durante años la primera ha recibido mucha más atención regulatoria, financiera y mediática. Ahora toca ocuparse de la segunda.

Hay además una cuestión económica que con frecuencia se plantea al revés. Adaptar los puertos costará dinero. Mucho dinero. Pero no adaptarlos también tendrá un coste.

Habrá que reforzar infraestructuras, modificar cotas, revisar sistemas de drenaje, aumentar protecciones, rediseñar determinados elementos, incrementar el mantenimiento, mejorar la predicción y, en algunos casos, replantear incluso la ubicación o configuración futura de instalaciones.

La ERICC estima que, a mediados de siglo, el impacto económico agregado derivado de los problemas de funcionalidad portuaria podría entrar en un rango del 0,1% al 1% del PIB, aunque el propio informe advierte que se trata de una aproximación preliminar construida a partir de los inventarios regionales disponibles y que debe interpretarse con prudencia.

La cuestión económica real no es, por tanto, cuánto cuesta adaptarse. Es comparar esa inversión con el coste acumulado de reparaciones, cierres, pérdida de actividad, desvíos de tráfico y deterioro de la competitividad durante las próximas décadas.

La resiliencia también será competitividad

Durante décadas, la competitividad portuaria se ha medido en calados, superficies, grúas por hora, conexiones ferroviarias, costes de escala o tiempos de tránsito.

Probablemente habrá que añadir una variable nueva: cuánto tiempo puede seguir funcionando un puerto cuando las condiciones dejan de ser normales.

Eso interesa a una autoridad portuaria, pero también a una naviera que diseña sus escalas, a una aseguradora, a una terminal que invierte cientos de millones de euros, a una industria que depende de materias primas importadas y a un territorio que necesita garantizar su abastecimiento. La resiliencia climática acabará siendo, por tanto, un atributo comercial.

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