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jueves, 24 de septiembre de 2026 · 11:31 · España ·
Puertos menores

Los otros puertos que construyeron la economía de Gran Canaria

Sardina, Las Nieves, Arinaga, Mogán, Maspalomas, Bañaderos o Melenara fueron piezas esenciales de una red marítima que conectó las zonas productoras de Gran Canaria con los mercados exteriores.

Puerto de Sardina

Una investigación del historiador Isaac Mendizábal recupera el papel de estos enclaves entre 1852 y 1936 y su contribución a la transformación económica y territorial de la Isla.

La historia portuaria de Gran Canaria no se escribió exclusivamente en el Puerto de La Luz y de Las Palmas. Antes y durante la consolidación del gran puerto capitalino, una constelación de pequeños puertos, embarcaderos y fondeaderos repartidos por el litoral desempeñó una función determinante en la economía insular.

Esa otra historia portuaria es el objeto de la investigación desarrollada por el historiador Isaac Mendizábal Rodríguez, doctor en Historia por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, que este viernes, 25 de septiembre, a las 19:00 horas, expondrá las principales conclusiones de su trabajo en la Casa-Museo León y Castillo de Telde.

La conferencia lleva por título Puertos menores de Gran Canaria (1852-1936): Economía, comercio y desarrollo portuario durante las franquicias comerciales, el mismo de la tesis doctoral defendida por Mendizábal el pasado 19 de junio y que obtuvo la calificación de cum laude.

El trabajo permite observar el desarrollo marítimo de Gran Canaria desde una perspectiva diferente. Frente al protagonismo alcanzado progresivamente por La Luz, Mendizábal centra su atención en Sardina, Las Nieves, Arinaga, Mogán, Maspalomas, Bañaderos y Melenara, enclaves de características y dimensiones diferentes pero que compartieron una función fundamental: conectar las áreas productivas de la Isla con el mar.

El puerto como salida de la producción insular

En una isla marcada por una orografía compleja y por unas comunicaciones terrestres históricamente difíciles, disponer de un embarcadero próximo podía determinar las posibilidades económicas de toda una comarca.

Los puertos menores funcionaron como puntos de entrada y salida de mercancías y facilitaron la comercialización de las producciones agrícolas. Su importancia, por tanto, no puede medirse únicamente por el tamaño de sus infraestructuras o por el número de barcos que recibían, sino por su capacidad para conectar territorio, producción y transporte marítimo.

La investigación de Mendizábal analiza cómo estos enclaves fueron integrándose en una red comercial de mayor dimensión y cómo su relación posterior con el Puerto de La Luz contribuyó a vertebrar los intercambios dentro de Gran Canaria.

El pequeño embarcadero se convertía así en el punto de contacto entre dos mundos: tierra adentro estaban las zonas agrícolas y productoras; mar afuera, las rutas capaces de conducir esas mercancías hacia otros puntos del Archipiélago o hacia los mercados internacionales.

1852, cuando Canarias abrió sus puertos

El punto de partida elegido por Mendizábal para su investigación no es casual.

El Real Decreto de 11 de julio de 1852, impulsado durante el Gobierno de Juan Bravo Murillo, estableció el régimen de Puertos Francos en Canarias. Inicialmente quedaron comprendidos Santa Cruz de Tenerife, La Orotava, Las Palmas, Santa Cruz de La Palma, Arrecife, Puerto Cabras —actual Puerto del Rosario— y San Sebastián de La Gomera, aunque el sistema sería posteriormente ampliado y desarrollado mediante nuevas disposiciones.

Las franquicias perseguían estimular el comercio y favorecer la inserción de Canarias en los circuitos internacionales mediante un régimen diferenciado que facilitara la entrada y salida de mercancías.

Aquella decisión trascendió ampliamente el ámbito estrictamente portuario.

El régimen establecido en 1852 está considerado uno de los antecedentes históricos del actual Régimen Económico y Fiscal de Canarias (REF) y forma parte de una larga tradición de singularidades económicas y fiscales vinculadas a la condición insular y ultraperiférica del Archipiélago.

De esta forma, los puertos aparecen desde mediados del siglo XIX no solamente como infraestructuras físicas, sino como elementos centrales de un modelo económico basado en la apertura comercial, la conectividad marítima y la relación de Canarias con los mercados exteriores.

Una economía que necesitaba puertos

El nuevo marco comercial coincidió con el desarrollo de una economía insular crecientemente orientada hacia la exportación.

Las producciones agrícolas necesitaban encontrar vías eficientes para alcanzar los mercados. Y en una Gran Canaria donde desplazar mercancías por tierra podía resultar complejo y costoso, la proximidad de un embarcadero representaba una ventaja estratégica.

De ahí la importancia que adquirieron determinados puntos de la costa.

Sardina facilitaba la salida marítima de producciones del noroeste; Las Nieves cumplía esa función para Agaete y su entorno; Arinaga conectaba con las zonas productivas del sureste; Mogán y Maspalomas ofrecían posibilidades de comunicación marítima al sur y suroeste, mientras Bañaderos y Melenara atendían otras áreas económicas del norte y este insular.

No todos evolucionaron de la misma manera ni tuvieron idéntica relevancia, pero en conjunto dibujaron una geografía económica en la que el litoral actuaba como puerta de salida de la producción interior.

Del pequeño embarcadero al Puerto de La Luz

El mapa portuario de Gran Canaria experimentaría una profunda transformación durante las últimas décadas del siglo XIX con el desarrollo del Puerto de La Luz.

Las obras iniciadas en la década de 1880 abrieron una etapa completamente diferente. La posición geográfica de Gran Canaria, la expansión de la navegación a vapor y la instalación de compañías extranjeras vinculadas al suministro de carbón y a otros servicios marítimos impulsaron progresivamente a Las Palmas como escala de las grandes rutas atlánticas.

La concentración de tráficos en La Luz modificó el sistema portuario insular, pero no hizo desaparecer inmediatamente la función de los pequeños enclaves.

Muchos de ellos pasaron a integrarse en una estructura más compleja en la que las mercancías podían desplazarse desde las diferentes comarcas hacia el principal nodo portuario de Gran Canaria.

Desde esta perspectiva, la historia del Puerto de La Luz y la de los puertos menores no constituyen dos relatos independientes. Forman parte de un mismo proceso de transformación económica y especialización portuaria.

Los pequeños embarcaderos habían permitido aproximar el transporte marítimo a las zonas productoras. El gran puerto proporcionaría posteriormente la capacidad, los servicios y la conectividad internacional necesarios para insertar a Gran Canaria en las principales rutas oceánicas.

Capital extranjero, agricultura y comercio exterior

La investigación de Mendizábal presta también atención a otro elemento determinante de aquel proceso: la presencia del capital extranjero y su relación con la explotación de las tierras y con la economía exportadora.

El desarrollo de producciones orientadas hacia los mercados internacionales generó nuevas necesidades logísticas. Era necesario transportar los productos desde las fincas hasta la costa, embarcarlos y conectarlos posteriormente con los principales centros de intercambio marítimo.

El puerto se convertía así en una pieza esencial de una cadena logística que comenzaba en el campo grancanario y terminaba, en muchos casos, a miles de kilómetros de distancia.

La perspectiva resulta particularmente interesante porque permite analizar los puertos menores no como infraestructuras aisladas, sino como parte de un sistema económico mucho más amplio en el que interactuaban agricultura, propiedad de la tierra, inversión, transporte marítimo y comercio exterior.

Una historia portuaria todavía visible

La investigación de Isaac Mendizábal recupera así una parte menos conocida de la construcción económica de Gran Canaria.

Algunos de aquellos enclaves han perdido su antigua función comercial; otros se han transformado y actualmente están vinculados a actividades pesqueras, deportivas, recreativas o de transporte. Pero su presencia en el litoral sigue siendo testimonio de una época en la que buena parte de la economía insular necesitaba mirar directamente al mar.

La conferencia en la Casa-Museo León y Castillo permitirá profundizar en esa evolución durante un periodo de más de ocho décadas, desde la implantación de los Puertos Francos en 1852 hasta 1936.

Un recorrido que permite además comprender que la condición portuaria de Gran Canaria no nació únicamente alrededor de una gran infraestructura.

Antes de que La Luz se convirtiera en uno de los grandes puertos del Atlántico Medio, hubo una red de pequeños enclaves que acercó el mar a las zonas productoras, articuló el territorio y ayudó a construir la vocación comercial y marítima que todavía define a Gran Canaria.

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